domingo, 18 de febrero de 2018

La luminosidad política que no pudo ser: elogio de Débora Pérez Volpin



Federico González

Ya lo sabemos: los hilos de la fatalidad son inexorables. Y sus leyes, inescrutables.
También lo sabemos: la muerte inesperada de una persona joven y vital genera estupor, impotencia, dolor y sin sentido.
Para quien escribe estas líneas, la triste partida de la entrañable Débora Pérez Volpin confirma y desmiente algún saber establecido.
Confirma que las personas solemos establecer vínculos emocionales intensos con personas ajenas a nuestro círculo de relaciones primarias. Débora formaba parte de la cotidianeidad de muchos argentinos. Ella nos despertaba con cariño y alegría. Débora sabía ejercer el arte de las palabras simples que son caricia: “¡Arriba argentinos!, “¡Arriba los remolones!” “¡Arriba, abran los ojitos!
El fallecimiento de Débora confirma aquello que también sabemos pero nos cuesta recordar: en el fondo del paisaje mundano habitan muchas personas a quienes queremos con intensidad, aunque no terminamos de advertirlo plenamente. Acaso sea por eso que la muerte inesperada de eso seres especiales convierte en figura lo que no alcanzábamos en disfrutar en su plenitud.  Sucede que miramos sin ver demasiadas cosas. Hasta el cariño anónimo que nos une a tantos seres. Quizás estos sean ecos de aquella sentencia de John Lennon: la vida es eso que nos pasa mientras hacemos otros planes.
Pero la partida de Débora también desmiente una representación social repetida hasta el hartazgo: “todos los políticos son malos porque la política es ajena a la virtud”
Creo que Débora Pérez Volpin era una clara excepción de esa regla. Es una pena que no hayamos podido disfrutarla. El tiempo suele ser tirano y crueles las veleidades del azar. Entonces los argentinos que despertaba Débora con alegría y optimismo ya no podremos asistir a ese aire fresco que habría traído a la política.
Tuve la suerte de ser entrevistado telefónicamente por ella en dos ocasiones. Sentí lo mismo que sentíamos tantos: cordialidad, inteligencia, frescura, alegría.
Débora tenía el don que tienen pocos elegidos: transmitía la alegría contagiosa. Te hacía sentir a gusto. Como si ya te conociera de toda la vida. No escatimaré calificativos: Débora era luminosa.
En política Débora Pérez Volpin era una promesa. Seguramente se habría destacado en ese ámbito con la misma impronta con que se hizo querible para el público. Su integridad y pasión se notaban a la legua. Su actitud y pensamiento constructivo se avizoraban como un sello definitorio en una jungla donde el insulto y la chicana son moneda corriente. ¡Qué pena haberla perdido!



Quizás el valor de una persona también se expresa en los testimonios. Hoy pudimos asistir a tantas palabras hermosas y emotivas con que compañeros de trabajo y tanta gente honraron la despedida de Débora. Tan emotivas como el llanto desconsolado y la prodigalidad de cariño expresados por Martín Lousteau, su compañero político. Tan emotivas como el tweet de quien expresó que, a lo largo de su vida,  Débora la despertó cariñosamente tantas veces como su misma madre.
También pudo asistirse a alguna de las últimas palabras de Débora. Para la política me quedó con esta frase: “No está bueno quedarse con la crítica y la queja, prefiero recorrer los barrios llevando propuestas”
Cuando escuché la respuesta de Débora a la pregunta sobre cómo querría ser recordada, evoqué inmediatamente a Antonio Porchia, aquel poeta sabio y sensible que nos conmovió con sus “Voces” y que sentenció con elocuencia: “Se vive con la esperanza de llegar a ser un recuerdo”
Débora, con la simpleza profunda que la caracterizaba se limitó a responder que deseaba ser recordada “como una buena persona
Querida Débora, donde quiera que estés, estarás descasando en paz: millones de argentinos a quienes despertaste tantas mañanas con dulces y amorosas palabras, te recordaremos con cariño y alegría.





sábado, 21 de octubre de 2017

Verdad vs conveniencia en el caso de Santiago Maldonado


Federico González

La noticia conmocionó a la opinión pública: el cuerpo de Santiago Maldonado habría aparecido sobre las aguas del río Chubut.
Luego, la autopsia verificó en acto lo que hasta ese entonces era potencia. Pero la que aún subsiste sumergida es la verdad de lo ocurrido.
La gente necesita saber la verdad. El pueblo quiere saber de qué se trata. Pero, ¿Qué verdad es la que realmente se quiere? ¿La Verdad verdadera o la que nos gustaría que fuera? Acaso no sea la Verdad. Acaso sea apenas aquella “verdad” que nos conviene mejor.

Lo sabemos: la búsqueda de la verdad es una de las grandes pasiones humanas. Pero no la única. Ciertamente, necesitamos tanto conocer la verdad como que ésta se nos revele a la medida de nuestra ilusión. Dilema y paradoja suelen poblar el tráfico de nuestras mentes y corazones. Declamamos la necesidad de verdad, pero —a veces— algo nos traiciona. Porque queremos la verdad pero —extravío narcisista— también necesitamos tener razón. Será porque tener razón justifica nuestra cosmovisión del mundo. Y eso nos justifica a nosotros mismos.
Con la justicia ocurre algo análogo. Tenemos sed de justicia pero, de antemano,  ya elegimos a nuestro culpable favorito. Y si la verdad determina que el culpable es otro o ninguno, quizás sucumbamos a la tentación de sostener que la justicia no es entonces auténtica.
La ciencia forense sentencia que los cadáveres hablan. Pero ningún indicio nos resultará revelador si no estamos preparados para escuchar.
La psicología cognitiva nos enseña sobre la tendencia a incurrir en el sesgo confirmatorio. Estamos más preparados para considerar las evidencias favorables a nuestro punto de vista que para atender a las contrarias. Nuestra mente tiene voracidad de ejemplos, pero se revela ciega a los contra-ejemplos. La sabiduría popular sostiene lo mismo en refranes cristalizados: “Buscamos llevar agua para nuestro molino”
En magistrales estudios el psicólogo Jerome Bruner esclareció sobre la dinámica de nuestras percepciones. Percibimos bajo el tamiz de las hipótesis. Cuando sostenemos fuertemente una hipótesis necesitamos muchas evidencias contrarias para refutarla. En cambio, cualquier indicio vale para alcanzar certezas incontrovertibles.
El filósofo de la ciencia Thomas Kunh destacó la importancia de los paradigmas para comprender por qué la ciencia misma también está determinada por cosmovisiones inadvertidas de las comunidades científicas. Dentro de las burbujas lógicas donde estamos situados vemos lo que nos interesa e ignoramos el resto. La ceguera paradigmática determina el tránsito inexorable hacia la insensibilidad apática. O, lo que es peor: hacia el odio irracional.
El odio irracional suele dar pie a interpretaciones antojadizas. El odio visceral tiende un puente relámpago entre la sospecha cauta y la fabulación delirante. Ya lo sabemos: el odio libera el filtro de la razón para alcanzar su propia dinámica.
Los espíritus escépticos también revelan sus apetencias. “Nunca se sabrá la verdad. ¡En Argentina nunca se sabe la verdad!”
La sospecha escéptica es prima hermana de la suspicacia malévola: “Cuándo el río suena, agua trae”
Los buscadores de coincidencias significantes no podrán resistir la tentación de identificar patrones:
Las mentes conspirativas elucubrarán febriles hipótesis paranoicas, donde lo tangible es apenas la punta del iceberg de un entramado siniestro de perversas causas.  
Los espíritus optimistas, en cambio, acaso piensen que tarde o temprano la verdad se revela saliendo a la superficie
Quizás lo único verdaderamente cierto sea que, al fin y al cabo, el cuerpo de Santiago Maldonado apareció flotando en un río.

Un río que es agua y ya es símbolo.

Palabras claves: 
verdad – justicia – dilema y paradoja – sesgo confirmatorio – paradigmas mentales – burbujas lógicas – ceguera paradigmática – insensibilidad apática – odio irracional –sospecha escéptica - suspicacia malévola – hipótesis paranoica – entramado siniestro -optimismo revelador

miércoles, 7 de junio de 2017

La inseguridad alimentaria

Federico González
«Conocemos el hambre, estamos acostumbrados al hambre: sentimos hambre dos, tres veces al día. No hay nada más frecuente, más constante, más presente en nuestras vidas que el hambre y, al mismo tiempo, para muchos de nosotros, nada más lejano que el hambre verdadera.» Martín Caparrós, El Hambre
«Madre antigua y atroz de la incestuosa guerra, borrado sea tu nombre de la faz de la tierra.» Jorge Luis Borges, poema “El hambre”


















La persistencia de la pobreza y el hambre de los argentinos
La noticia apareció bajo un titular alarmante: “Seis millones de personas padecen hambre en la Argentina, según un informe de la UCA[1].
En el copete se decía que: «Un relevamiento realizado por el Observatorio de la Deuda Social señala que “uno de cada diez hogares no tiene los recursos para alimentar a su familia”». Y se agregaba: «También refleja que en el país hay ocho millones de personas que viven en situación de pobreza”»
Como ocurre con tantas otras, la noticia pasó acaso inadvertida. Como suele decirse: hemos naturalizado tantas cosas que ya no nos sorprende ni nos afecta casi nada.

Pobreza, hambre y desnutrición: la tríada de le vergüenza argentina:
Expresiones como estas no son novedad: «¿Cómo puede ser que en Argentina, donde se producen alimentos para 300 millones de personas, exista gente que recoge basura en los tachos, chicos desnutridos y gente que come una vez por día, o menos?» Solemos repetir con liviandad que “lo que mata es la humedad” y recordamos en clave de hallazgo perspicaz  que “La corrupción mata” (lo cual es cierto); pero ya casi nos hemos anestesiado a que “lo que mata es la inseguridad”, y ni siquiera recordamos que —mientras tanto— “el hambre sigue matando”

La importancia de comer
En un artículo reciente, el Diputado Marco Lavagna señala con precisión: «Según la FAO, hay seguridad alimentaria cuando las personas tienen en todo momento acceso físico y económico a los alimentos básicos que necesitan. En palabras más simples, seguridad alimentaria es la materialización del derecho a comer». Luego agrega: «Cuando empeora la situación económica, una de las variables que más se resiente es la seguridad alimentaria en los segmentos más vulnerables (…) cuando se complica la economía, hay riesgos de que se vulnere el derecho a la seguridad alimentaria en los sectores de menores ingresos»

El hambre: La otra gran inseguridad
Los argentinos vivimos angustiados por lo que se ha dado en llamar “el flagelo de la inseguridad”. La inseguridad refiere a una amenaza potencial que puede cobrarnos la propia vida o la de nuestros seres queridos. Es transversal: nos amenaza a todos.  
La certera y dramática frase de Lavagna conduce a reflexionar sobre otra inseguridad: el hambre. A diferencia de la inseguridad delictiva, el hambre no ataca a todos, pero sí a muchos. Al igual que la inseguridad delictiva, el hambre puede matar y lo hace. Aunque desde cierta zona de confort donde solemos habitar suene como una idea abstracta o alejada.

El hambre que duele:
El hambre. A veces mata. Pero siempre duele. Como lo expresan las citas de Caparrós y Borges, el hambre es real y atroz para quien lo padece sin poder saciarlo. El hambre es un aguijón en el cuerpo que turba el alma. Pero, como señala Caparrós, todos lo conocemos, pero olvidamos dimensionar lo que significa padecerlo todos los días.

Comer o no comer
¿Podré darle hoy de comer a mis hijos? ¿Tendrán hoy los argentinos las proteínas necesarias para alimentar sus cuerpos y sus cerebros? Preguntas sin respuesta o con respuesta negativa.
Pero mientras tanto nos devaneamos con puerilidades necias como si hay o no polarización, o si CFK se presenta o no se presenta. Y mientras se nos va la vida en falsas disyunciones o pseudoproblemas de élites (como diría algún filósofo abonado a los medios), o en simples “tonterías para la gilada que lo mira por TV” (como diría mi primo Cacho); el hambre sigue acechando como a aquel  “Chiquilin de Bachin”

Es el hambre: animal!
Parafraseando la famosa  frase del asesor de Bill Clinton, “¡Es la la economía, estúpido! Aquí cabe reformularla: ¡Es el hambre, animal!
Sin duda, el espíritu de aquella celebre sentencia parecía indicar: “No le demos más vueltas al asunto; ya lo sabemos: el tema es la economía”. Pues aquí es lo mismo: “No demos más vueltas, no nos retorzamos en esgrimas dialécticas y chicanas absurdas: hay que resolver el problema del hambre ¡ya!”.
Porque “Es aquí y es ahora”, como Ud. bien nos dijo Sr. Presidente, y ahora parece que se hubiera olvidado.

La Argentina muerta de hambre que supimos conseguir
Fuimos y (y aún seguimos siendo) “el granero del mundo”. Pudimos ser la “Argentina potencia”, la “Argentina del primer mundo”, la “Argentina desarrollada”. Pudimos serlo, pero no lo fuimos. En cambio somos la “Argentina muerta de hambre”.
Sí, claro, algún lector podría objetar: «pero ¿no está Ud. exagerando?, ¿no nos está haciendo trampa con metáforas sensibilizantes?, ¿No tendrá razón Duran Barba cuando dijo que “Argentina no es Calcuta”?, ¿no son “golpes bajos”?». A lo que respondo: puede ser. Pero para muchos argentinos, el hambre que mata no es una metáfora; es una realidad.

sábado, 27 de mayo de 2017

La histeria política en los tiempos de la post verdad

Federico González

Yo he visto muchos cantores,
Con famas bien obtenidas,
Y que después de adquiridas
No las quieren sustentar:
Parece que sin largar
Se cansaron en partidas”.
José Hernández, Martín Fierro

La crónica periodística señala que el 25 de mayo hubo definiciones electorales. No obstante, un análisis más detallado revela que lo que quedó indeterminado supera a lo definido. Por algún extraño motivo, en los tiempos líquidos de la actual política los candidatos parecen priorizar la  ambigüedad y la dilación por sobre la certeza y la decisión. Aquí se propone describir ese fenómeno y analizar sus causas.
La indefinición en los tiempos modernos
En tiempos ya idos la palabra aparecía investida de un valor superlativo. Las cosas eran o no eran. Cuando un político tenía algo que decir, simplemente lo decía. Seguramente, la hipocresía y la falsedad no son patrimonio exclusivo de los tiempos modernos. Pero para los hombres de antes la ambigüedad  tenía mala prensa. Es que había que “llamar a las cosas por su nombre”, es decir: “al pan, pan y al vino, vino”.
En cambio ahora el constante amague y retroceso, el juego de las escondidas, el sí pero no ahora y mañana quizás; parecen erigirse en la moneda corriente del discurso político electoral.
Tal cascada de indeterminaciones determina ríos de tinta especulativa derramada por  jactanciosos exégetas de las tramas ocultas de la política. Se habla entonces de la “lectura política” sobre lo que fulano le estaría queriendo decir a tal o cual sector de su propio partido, a la oposición o a la ciudadanía misma. Cuál émulos modernos del Príncipe Hamlet, los analistas políticos no se preguntan con tono dramático si deberíamos  ¿ser o no ser?,  sino algo tan pedestre como si un candidato ¡¿jugará o no jugará en las próximas elecciones?! 
En la era de la política espectáculo las referencias al juego no parecen casuales. En efecto, pareciera asistirse a una especie de póker o truco virtual basado en códigos indescifrables para los legos. Así, fulanito le estaría mandando una señal a menganito para hacerle saber que si éste no se aviene a acordar, entonces él se ¡irá con otro (u otra)!, a quien en ese mismo acto ¡le estaría enviando un guiño! Por cierto, al ciudadano de a pie (también atravesado por los tiempos modernos) le asiste el legítimo derecho de preguntarse: ¡¿Pero por qué no le manda un mensajito por “guasap” (perdón, WhatsApp) y sanseacabó?!
¿La indefinición como estrategia o la estrategia de la indefinición?
Convengamos que, a veces, las indefiniciones revisten un carácter sustantivo. Ciertamente puede ocurrir que decidir ser o no candidato depende de muchos factores que deben asegurarse previamente. Al fin y al cabo, es sabido que nadie estaría dispuesto a arrojarse a una pileta que carece de agua. Convengamos también que, a veces, el momento elegido para comunicar una decisión contribuye a su impacto político. Se habla entonces del timing de la acción y se le atribuye la cualidad de tiempista al decisor. Reconozcamos también que, a veces, lo que define entre buena y mala política es la capacidad de concebir estrategias inteligentes sobre la base de elaborar escenarios posibles. Por último, acordemos que en política (como en la guerra, la seducción y toda relación humana) los juegos de las apariencias y el engaño táctico forman parte del accionar eficaz en pos de un objetivo (al margen de que pueda resultar moralmente reprochable)
Sin embargo, una cosa es la estrategia, el timing y el tiempismo; y otra muy distinta es el coqueteo, la indefinición y la histeria. Es decir: “me sacó la foto con este y mañana doy a entender que estoy con el otro”; “deslizo  que podría ser sí, pero después digo que en realidad me interpretaron mal”; “doy a entender que me autoexcluyo y al día siguiente digo que si me necesitan, si me lo piden, siempre listo (¡o lista!)”; “sugiero que voy a anunciar algo, pero después denuncio que me hicieron una operación de prensa”; “monto una puesta en escena donde es obvio que quiero ser candidato pero, cuando me preguntan, respondo ofendido que aún no es el momento de hablar de candidaturas sino de los problemas de la gente”; “digo que voy a competir pero concretamente sigo dilatando el anuncio formal de mi candidatura”. En síntesis, “toco y me voy”, aunque no quede bien en claro ¡adonde!”
Ante tal cuadro fáctico surgen como preguntas obligadas: ¿Por qué lo harán?, ¿No resultaría más eficaz hacer algo distinto? A continuación se bosquejan algunas conjeturas y sugerencias.
¿Ambigüedad o falta de asertividad?
Algunos candidatos parecen tener un particular complejo de culpa. Acaso temen que si muestran su voluntad de poder, la gente podría catalogarlos como “oportunistas que solo persiguen fines electorales”. Ciertamente, la gente podría pensar eso y otras cosas más duras sobre los políticos.  Pero no es menos cierto que a los ciudadanos también les irrita que se insulte su inteligencia trasformando en misterio lo que es un secreto a voces. Si es evidente que alguien quiere ser candidato y que ya decidió serlo, resultaría saludable que lo diga sin más rodeos.
Además, por razones que exceden el presente análisis, los humanos también solemos estar atravesados por ciertos arquetípicos épico-narrativos donde la figura del héroe se asocia con la valentía y la decisión. En su versión más inmediata, muchos ciudadanos también valoran a aquellas figuras políticas capaces de plantarse decididamente para decir: “Acá estoy, me hago cargo de la situación, quiero ser”.
“Animales políticos
De ciertos políticos suele decirse  que son “anímales políticos”. Juan Domingo Perón, Raúl Alfonsín, Carlos Menem y Néstor Kirchner, más allá de sus luces y sombras, fueron claros ejemplares de esa fauna (excluyo a Cristina Kirchner de la enumeración porque, conforme a su prescripción, ¡debería referirla como “AniMala política”!, lo cual podría tener connotaciones negativas) No es posible pensar que ellos dudaran de revelar la misión que se autodeterminaron. Encuadran perfectamente en la máxima “Convierte en lo que eres”, formulada por Nietzsche. Asumieron su deseo sin vueltas y, en términos de aquel filósofo alemán, tenían voluntad de poderío.
A fines de 1982, luego de que el  trágico desenlace de la guerra de Malvinas pusiera en jaque a la dictadura militar, Raúl Alfonsín se aprestó a lanzar su candidatura presidencial. El 30 de octubre de 1983 fue electo presidente. Al día siguiente, la ciudad amaneció empapelada con afiches que rezaban “Menem 89”. Finalmente, Carlos Menem fue electo presidente ese año. Podría objetarse que eran otros tiempos y situaciones. Ciertamente, pero también eran otros hombres y otras convicciones sobre el significado del poder y cómo alcanzarlo.
Metáforas amorosas
Lo dijo Jorge Asís, con la elocuencia que lo caracteriza, en referencia a aquellos candidatos que no revelan el deseo que los anima y dilatan el anuncio de sus decisiones: “En política, como en el amor hay que expresar el deseo. No puede decírsele a una mujer que tal vez, mañana, a lo mejor, si te parece; hay que ser frontal. Con el poder pasa lo mismo: al poder hay que buscarlo y hay que quererlo”.
Quien escribe estas líneas también apeló a “metáforas amorosas” para describir una situación política similar a la actual en 2015, donde  algunos candidatos parecían paralizados por una especie de pánico escénico que les impedía pasar a la acción. Entonces decía: “Sucede como en aquellos viejos bailes de club, cuando los varones se pavoneaban delante de las chichas pero ninguno se animaba a invitarlas a bailar, hasta que irrumpía un tapado que iba al frente y se convertía en el rey de la noche”.
El psicoanálisis destaca que para la lógica del deseo, su expresión es un imperativo irrenunciable. Adicionalmente, hacerlo puede hasta resultar saludable para todos involucrados, en la medida en que se pone  de manifiesto hacia donde se pretende llegar y por qué caminos se elegirá transitar. Al fin y al cabo, nadie estaría dispuesto a ser conducido por un piloto que parece dudar si debe o no realizar el viaje.

“El que pega primero, pega dos veces” y otras metáforas boxísticas
En el barrio de los tiempos idos solía decirse: “El que pega primero, pega dos veces”. De modo menos beligerante, lo mismo se significaba a través del dicho “Al que madruga, Dios lo ayuda”.
En los campeonatos de box es sabido que el “challenger” debe realizar mayores méritos que el campeón para alzarse con el título. La lógica es sencilla: para destronar al campeón el retador debe demostrar una clara superioridad. En los tiempos líquidos de la política abundan muchos challengers que pretenden ser campeones sin decidirse a pelear.
El significado del posicionamiento
El mismo principio pugilístico subyace también en la noción de posicionamiento marcario que, en última instancia, se rige por las leyes de la memoria. Las marcas no son otra cosa que posiciones en la mente de los consumidores. Por eso resulta esencial ser el primero en ocupar una posición. Solía decirse que recordamos bien quien fue el primer astronauta que pisó la luna, pero pocos se acordaban quien fue el segundo. Moraleja: en lugar de malgastar un tiempo valioso en dilaciones, sería más inteligente adelantarse para ocupar las primeras posiciones.
El factor sorpresa y su paradoja
A favor de las dilaciones, podría argumentarse que su mayor mérito es capitalizar el factor sorpresa.  Acaso el imaginario subyacente prescriba que un anuncio tardío tendrá un impacto mayor para desacomodar las estrategias de los adversarios que —Chapulín Colorado dixit—  “no contaban con mi astucia”. Tal elucubración parece conllevar una jactancia final, también chapulinesca; "¡Todos mis movimientos están fríamente calculados!" Y, por ende: “El que ríe último, ríe mejor”
Sin embargo, existe un pequeño problema: cuando quien jugó al misterio finalmente anuncia su magistral jugada, ésta ya no produce sorpresa alguna, en la medida en que  ese final ¡se daba casi por descontado! En cambio, la verdadera sorpresa sería justamente al revés: cuando muchos imaginan que alguien jugará al misterio dilatando su decisión hasta el final, ¡la verdadera sorpresa sería que la anunciara al principio! Porque, “el que pega primero, pega dos veces” y porque ¡“No contaban con mi astucia”!
Todos juegan al offside
En los tiempos líquidos, a fuerza de jugar a ser estrategas, los políticos terminaron confundiendo el juego con la sustancia. Entonces, al priorizar, la especulación sobre la acción, nadie decidía nada. “Me presento pero si y solo si se presenta mengano”, razonaba fulano, mientras continuaba esperando. Pero lo curioso es que mengano, zutano y perengano hacían lo mismo. En síntesis, todos jugaban al offside, ¡pero nadie se animaba a patear la pelota al arco!

Hamlet y los “dilemas de la política líquida”
“To be or no to be”,  “Ser o no ser” es una de las frases más célebres de la literatura. Pero no solo expresa el dilema existencial más arduo, sino también la vacilante personalidad del príncipe de Dinamarca. Porque al haber sucumbido a la indecisión como modo de ser, Hamlet ya no puede convertirse en quién quisiera. Salvando las infinitas distancias, la indefinición de la política líquida disfrazada de estrategia excelsa no deja de revelar una profunda indefinición personal. Porque a fuerza de obsesionarse y encandilarse con las insaciables miradas de los otros proyectados, los políticos modernos parecen —paradójicamente— renunciar a la más íntima esencia de sus pasiones. De tanto calcular, elucubrar y sopesar, terminan prisioneros de las mismas telarañas construidas por sus propios rollos mentales. Como si en lugar de orientarse decididamente a la acción convocante, terminaran deshojando margaritas imaginarias para determinar si el electorado los querrá o no.
El arte de amagar
Aquel gaucho payador del Martín Fierro, venía a contarnos sobre insolventes cantores que, al no poder estar a la altura de sus antecedentes, terminaban cansándose en partidas. Similarmente, en los tiempos de la post verdad, los políticos parecen ejercer el tedioso hábito del amague. Acaso con esos entretenimientos vanos pretenden jugar a Maquiavelos modernos. Pero solo son vulgares procastinadores. 
Telenovelas aburridas
Como en las telenovelas aburridas, donde los capítulos se suceden sin ton ni son hasta arribarse al último donde, mágicamente, se arregla todo; en los tiempos líquidos de la política jugar al misterio se trasformó en algo más sustantivo que hacer política.

Pero ni siquiera se trata de realpolitk, sino apenas de malas novelas.

jueves, 18 de mayo de 2017

Daniel Scioli: ¿El dramático ocaso de una impostura?( Versión completa)

Federico González
La noticia irrumpió con los ribetes necesarios para la sentencia amarillista: “El escándalo Scioli”. En el marco del análisis político la referencia obligada apunta a determinar si se asistirá o no al fin de la carrera del ex Gobernador.
Relatos trágicos
Como en las tragedias griegas, las pasiones de los hombres y las fuerzas del destino suelen tejer urdimbres que determinan finales dramáticos e inexorables. Entre otras tramas posibles, a veces esos finales advienen con un sabor de paradoja e ironía. Porque —cual efecto boomerang— aquello mismo que condujo a la gloria, de pronto se vuelve en contra y desencadena la desgracia. Así, la mueca final semeja una burla del destino.
Farándula y política
Deportista destacado y conspicuo miembro del jet set esteño, Daniel Scioli irrumpió en la escena política de la mano de su “padrino” Carlos Menem. Pero la historia de aquel joven ya había sido signada por un infortunio que marcaría su destino: en un grave accidente de lancha había perdido su brazo derecho.
Resiliencia y herocidad
La resiliencia es la capacidad de sobreponerse a las adversidades de la vida. Por eso, cualquier historia resiliente se expresa en el molde del relato heroico. El 4 de diciembre de 2016 Daniel Scioli twitteaba: “Hace 27 años cambió mi vida para siempre. Pero aprendí que detrás de toda adversidad hay una #oportunidad”
Con fe, con esperanza, con trabajo (y con épica deportiva)
Tal como ocurre en la política de los tiempos líquidos, la ausencia de ideología, proyecto y conceptos no resultaron impedimentos para que Daniel Scioli fuera electo Diputado Nacional, Vicepresidente de la Nación y Gobernador de la Provincia de Buenos Aires. Aunque Scioli no era Frondizi, le alcanzaba con recitar su propia fórmula mágica e irresistible: “Con fe, con esperanza, con trabajo”
No obstante, ese ideario intelectualmente magro, encerraba un importante capital emocional: era enteramente consecuente con la trayectoria épico-deportiva de un campeón de motonáutica. Y además, permitía transmutar el infortunio personal en un hito necesario hacia una autorrealización futura. Saber encontrar oro entre las piedras es un rasgo de la personalidad resiliente. No es poca virtud.


El amigo querible, el yerno ideal
A quien escribe, varias veces le preguntaron: ¿Pero, al final, cuál es la clave del “misterio Scioli”?. La respuesta era invariablemente simple: “La gente lo quiere”
En sus años de apogeo, la “queribilidad” del ex Gobernador fue reiteradamente comprobada en indagaciones de focus groups. Allí “Daniel” era percibido como “un amigo querible”, “un típico argentino que hace y le gustan las mismas cosas que a todos” o “el yerno que toda madre quisiera tener.”
El eterno presidenciable
Aquellos atributos fueron suficientes para convertir a Daniel Scioli, primero en Vicepresidente y, luego, en eterno presidenciable y sucesor natural de la dinastía K.
El amigo de la farándula
El vínculo de amistad con la colonia artística fue otra faceta contribuyente a la buena imagen del ex Gobernador. Así como el kirchnerismo puro se relacionó con artistas de perfil “comprometido” o “progresista”, Daniel Scioli eligió otros igualmente populares pero con un perfil pasatista y familiero. Es decir, más emparentados con lo que usualmente se denomina “farándula”. Pimpinela, Ricardo Montaner y Julio Iglesias representaron sus figuras paradigmáticas. Los shows al aire libre en la feliz Mar del Plata, su ícono. Como al inicio de su carrera política, Scioli y la farándula siguieron conectados.
“El heredero no reconocido”
Pero aunque el electorado le sonreía, en el plano interno esa misma fama se transformó en problema. La lógica era simple: los poderosos en ejercicio solo piensan en su eternidad, nunca en sus sucesores. Ciertamente, Néstor y Cristina necesitaban de Scioli tanto como lo detestaban.
El estoicismo de un “hombre de amianto a quién no le entran las balas”
Curiosamente, “resiliencia” es un término que deriva de la resistencia de los materiales que se doblan sin romperse. Mientras Cristina no escatimaba ocasión para amonestar, defenestrar y humillar públicamente a Scioli; el Gobernador invariablemente se encargaba de sentenciar que entre ellos existía plena armonía.
De aquellas rencillas tan evidentes como negadas comenzó a surgir la idea de que Scioli “era de amianto” o que “estaba blindado”, porque aunque le dispensaran los peores epítetos siempre se mostraba imperturbable e invulnerable. Por extensión, esa adscripción se siguió aplicando para
referir que cualquier vicisitud negativa que normalmente hubiera afectado a un político normal, para el caso de Scioli no tenía efecto. Es que “A Scioli no le entran las balas”, se decía.
Y lo más singular: Scioli no solo resistía los furiosos embates de Cristina, sino que éstos parecían fortalecerlo. Ya lo decía Niestche: “lo que no mata, fortalece”
El Rey Midas de la política
Si el traje de amianto lo preservaba del mal político; su bonhomía, su espíritu constructivo y conciliador, su sonrisa afable y sus votos lo convertían en una suerte de “Rey Midas de la política”. Si aquel personaje mítico tenía la facultad de convertir todo en oro, al ex motonauta le asistía el don de convertir todo en votos! Eso explica la irresistible tentación por sacarse una foto junto a él a la que, en sus días de gloria, sucumbían los políticos.
Lealtad o sumisión
Pero tanto estoicismo tuvo su límite. Porque, se preguntaban muchos: “¿Es Scioli la mismísima encarnación de Gandhi, o es sencillamente un cobarde que no se anima a enfrentar a Cristina?” Lo que abría interrogantes como: “¿Scioli va a romper o no con Cristina?, ¿No rompe porque no quiere o porque no puede?; o racionalizaciones del tipo: “Scioli piensa romper pero aún no lo hace porque está esperando el momento más favorable”
Mientras que el sentimiento de la ciudadanía anti K prohijaba marchas contra “Cristina eterna”, esas especulaciones parecieron trastocarse en resignación y enojo: “¡Pero al final, no va a romper nunca!”. Hecho que se vio corroborado en las elecciones de 2013, cuando, luego de una seguidilla de rumores de inminente ruptura, finalmente Cristina y Scioli se pusieron al frente de la campaña de Martín Insaurralde en contra de un ascendente Sergio Massa. “Felpudo” fue entonces el epíteto más benigno que condensaba aquellos sentimientos.
El personaje y la máscara
Un saber de la psicología destaca que el sujeto humano suele recurrir a una máscara para afianzar una personalidad. Al respecto, en la Wikipedia puede leerse:
«Personalidad» proviene del término «persona», denominación que se utilizaba en el latín clásico para la máscara que portaban los actores de teatro en la antigüedad. (…) se hablaba de «personas» para referirse a los roles, es decir a «como quién» o «representando a quién» actuaba un actor teatral tras su máscara.
En tal sentido, cada personalidad resulta una amalgama indisoluble entre ser y representación. Por eso la dimensión de la simulación humana, aunque tenga mala prensa, resulta casi inevitable. Sin embargo, hay una cuestión de límites: no es lo mismo asumir un rol que hacer de la vida un simulacro.
Además, uno de los grandes riesgos de forjar un personaje es terminar confundiéndose con la propia máscara.
El candidato que no era y el presidente que no fue
El proyecto de Scioli presidente quizás comenzó antes que la misma candidatura de Cristina. Pero era prematuro: había que esperar el turno con estoicismo. Mientras, solo quedaba fingir un alineamiento leal, tal como reza el manual político.
Pero, después de la reelección de la ex Presidente en 2011, la dimensión del simulacro en el vínculo entre Cristina y Scioli llegó a límites paroxísticos. Porque resultaba un secreto a voces que ambos portaban proyectos antagónicos e incompatibles: ¡Scioli quería ser presidente y Cristina aspiraba a ser eterna! De modo que las diferencias no eran tanto políticas como personales: ambos querían lo que ambicionaba el otro. Por eso se detestaban. Tanto como se necesitaban. Es decir: matrimonio por conveniencia, “unido más por espanto que por amor” (Borges dixit)
Por eso cuando, finalmente, Cristina se convenció de que debía ceder el turno (aunque quizás ni siquiera aún haya renunciado a su sueño de eternidad) y Scioli entendió entonces que su hora había llegado; lo que apareció fue más una “habilitación condicionada” que la “bendición deseada”. Con el aditamento de que Cristina pareció dejarlo librado a su propia suerte (al estilo de “ahora andá y arreglate solo”)
Pero acaso a Scioli no le importaba: si había aguantado hasta allí, solo restaba actuar la escena final para coronar la gloria. Entonces hizo lo que su personaje imponía que debía hacer. Es decir: montó la escena de la campaña con fe, optimismo y esperanza; simuló una armonía inexistente con “los compañeros” Zannini y Aníbal; y fundamentalmente, apareció sin Cristina, ¡pero con Karina! Un matrimonio feliz y armonioso, la novia de la juventud; con amor y con compañerismo, hasta ingresar al Olimpo de la Casa Rosada.
Jaqueado por las zancadillas de La Cámpora, el salvavidas de plomo de Aníbal, el eterno ninguneo de Cristina y una inundación inesperada, el otrora motonauta supo surfear entre la fidelidad al kirchnersimo y su real vocación de diferenciarse conforme demandaba el segmento ciudadano que lo percibía como “el candidato del cambio dentro de la continuidad”
Pero fue insuficiente. Entonces, en una tardía pretensión de asertividad anterior al ballotage, Daniel prometió ser “Más Scioli que nunca”. Lamentablemente para su suerte, ya era tarde.
La realidad mata al relato
Daniel Scioli no fue Presidente. Pero un deportista que conoce de épica sabe que puede haber revancha. Y, como buen resiliente, quizás Scioli se aprestaba ahora a recuperar a Daniel. Tenía ganas y tenía argumentos. Al fin y al cabo, en aquel recordado y fallido debate, él había anticipado el ajuste que Mauricio Macri negaba y que —finalmente— el último terminó haciendo.
Sin embargo, algo salió mal. Y de la peor manera.
Sexo, mentiras y WhatsApp - Medios, desmentidas y densidades lapidarias
“El principio del fin” fue una historia mediática en tres actos, con final abierto: 1) Infidelidad, 2) Asunción mediática y feliz de una paternidad en camino, 3) Desmentidas y acusaciones lapidarias (infidelidad, mentiras, instigación al aborto, violencia de género, insensibilidad, oportunismo al utilizar temas personales y familiares con fines político-electorales, etc.)
Tentación megalómana y “relato fallido”
Para el imaginario popular, los poderosos elucubran estrategias brillantes fríamente calculadas y “coacheadas” por asesores. El éxito momentáneo alimenta esa creencia.
Pero cuando sobreviene el fracaso suele descubrirse que, en lugar de estrategias brillantes, solo había actos caprichosos producto de fantasías megalómanas y/o avaladas por asesores chapuceros. Es sabido que el pecado original del narcisismo megalómano es no tener en cuenta que los otros existen y, por ende, desconocer y subestimar sus pensamientos y sus sentimientos. “Voy/vas al programa de Rial, anuncio/ás mi/tu feliz paternidad y listo: ¡será un golazo!
Pero algo no anduvo: ¡No contaron con Gisele! Ese no es error de estrategia, sino de principiantes. O si se quiere: actos fallidos de megalómanos (incluidos coachs)
La realidad supera a la ficción
Suele decirse que (a veces) la realidad supera a la ficción.
Una de las posibles falacias del estratega, es pergeñar estrategias que se vuelven en contra.
Una de las grandes ironías del destino es que a veces los personajes terminan encerrados en las mismas telarañas que otrora construyeron, ya fuera para liberarse de algo, o para forjar un destino diametralmente opuesto al que se termina encontrando.
En sus momentos de gloria, Daniel Scioli era el candidato querible que a muchas madres les gustaría tener como yerno. Era la antítesis de CFK: si Cristina era la mala, Daniel era el bueno. Por eso le gente le perdonaba lo que a otros no. Por eso, y acaso debido a un mecanismo atávico de identificación con el bien, cuando Cristina más atacaba a Scioli, la gente más lo quería.
Que Daniel Scioli hubiera impulsado la “Ley de Fertilización Asistida gratuita” fue, (además de un importante logro de su gobierno) una medida compatible con la imagen a favor de la vida que profesaba. Al igual que su declaración “Soy, en lo personal, anti aborto”
Suele decirse que las historias se resignifican por sus finales. Acaso ese sentencia encierre alguna verdad.
Porque el denominado “escándalo de Daniel Scioli” de los últimos días fue algo mucho más vasto que un episodio mediático convencional. Fue acaso la desmentida brutal de un largo relato de imposturas.
El sino de la farándula en el destino de Daniel Scioli
Como se señaló, algunas historias personales terminan teñidas de paradoja. Quizás la vida política de Daniel Scioli no escapa a ese sino: Nació con la farándula, se alimentó de ella y terminó siendo devorado por la misma.
El Rey desnudo y la parábola del poder
La historia de “El rey desnudo” es una de las tantas alegorías sobre la naturaleza del poder y sobre la fascinación que ejerce. En última instancia todo poder descansa sobre un acto de atribución colectiva. Pero cuando los velos caen y los poderosos entran en desgracia, no puede dejar de verse lo que era evidente: el rey está desnudo. Y lo que parecían fastuosos trajes no son más que viejos harapos. Entonces los “Midas del voto”, se convierten en los nuevos “piantavotos” (comienza a circular el rumor de que hasta la esposas de los candidatos se niegan a que sus maridos visiten “La Ñata”).
El futuro político de Daniel Scioli: ¿Game over o próximo capítulo?
Por estas horas corre el rumor de una inminente puesta escena, pero esta vez con final feliz.
Los “escépticos crédulos” se regodean sentenciando que eso podría ocurrir porque, finalmente, “billetera compra relato”. Abonados a teorías conspirativas, creen en la vigencia del axioma goebbeliano “Miente, miente que algo quedará”, e imaginan con resignación una puesta en escena feliz capaz de coronar con similar final toda esta cascada de desatinos. Al fin y al cabo, razonan, ya lo anticipó Discépolo: “herida por un sable sin remache, ves llorar la Biblia junto a un calefón”
Otros escépticos, quizás más realistas, entienden que el asunto no tiene retorno y, por ende, suponen que —al margen de lo que haga en lo inmediato— tarde o temprano Daniel Scioli deberá llamarse a un largo silencio público.
Por su parte, los cultores cínicos de la máxima grondonista “todo pasa”, avizoran que en pocos días la gente se habrá ya olvidado y entonces “aquí no ha pasado nada”.
Más allá de las conjeturas, quizás solo el tiempo y la realidad dirimirán cuál será el destino político de Daniel Scioli.
El candidato que no era. El Presidente que no fue. O, voltereta del destino, el yerno que ahora ninguna madre quisiera tener.

Federico González
Director de González y Valladares
Consultores en comunicación política
Twitter: @fede1234 Blog: http://gonzalez-valladares.blogspot.com.ar/
Celular: 11- 6631-3421
Se autoriza la reproducción total o parcial del contenido de este artículo con el único requisito de citar la fuente. También pueden solicitarnos versiones resumidas.

Daniel Scioli: ¿El dramático ocaso de una impostura? (Versión resumida)

Federico González
La noticia irrumpió con sentencia amarillista: “El escándalo Scioli”. La pregunta obligada es si se asiste al fin de la carrera del ex Gobernador.
Relatos trágicos: Como en las tragedias griegas, las pasiones de los hombres y las fuerzas del destino suelen tejer urdimbres que determinan dramas inexorables. A veces esos finales advienen con un sabor de paradoja e ironía. Cual boomerang, aquello mismo que condujo a la gloria, de pronto se vuelve en contra y desencadena la desgracia.
Farándula y política: Deportista destacado y conspicuo miembro del jet set esteño, Daniel Scioli apareció en la escena política de la mano de Carlos Menem. Pero su historia ya había sido signada por un accidente que lo marcaría.
Resiliencia y herocidad: La resiliencia es la capacidad de sobreponerse a las adversidades. Por eso, sus historias se expresan bajo el molde del relato heroico. En 2016 Scioli twitteaba: “Hace 27 años cambió mi vida para siempre. Pero aprendí que detrás de toda adversidad hay una #oportunidad”
Con fe, con esperanza, con trabajo: La ausencia de ideología y proyecto no resultó un impedimento para que Daniel Scioli fuera electo Gobernador. Aunque no era Frondizi, le alcanzaba con recitar su propia fórmula mágica e irresistible: “Con fe, con esperanza, con trabajo”. A su favor, ese magro ideario encerraba un importante capital emocional: era consecuente con la trayectoria épica de un campeón. Y le permitía transmutar el infortunio personal en un hito necesario para la autorrealización futura.
El amigo querible, el yerno ideal: Me preguntaron muchas veces: “Pero, ¿cuál es la clave del “misterio Scioli”?”. Mi respuesta era invariablemente simple: “La gente lo quiere”. La “queribilidad” del ex Gobernador era comprobada en focus groups. Allí “Daniel” era percibido como “un típico argentino querible parecido a nosotros” o “el yerno que toda madre quisiera tener.”
El eterno presidenciable: Aquellos atributos fueron suficientes para convertir a Daniel Scioli, en un eterno presidenciable y sucesor de la dinastía K.
El amigo de la farándula: Así como el kirchnerismo puro se relacionó con artistas “comprometidos, Scioli eligió otros más emparentados con la “farándula”. Pimpinela, Montaner y Julio Iglesias representaron sus figuras emblemáticas. Como en sus inicios, Scioli y farándula siguieron conectados.
“El heredero no reconocido”: Pero aunque el electorado le sonreía, en el plano interno esa fama se transformó en problema. La lógica era simple: los poderosos solo piensan en su eternidad,
nunca en sus sucesores. Ciertamente, Néstor y Cristina necesitaban de Scioli tanto como lo detestaban.
El estoicismo de un “hombre de amianto a quién no le entran las balas”: Originariamente, “resiliencia” refiere a la resistencia de los materiales. Mientras Cristina no escatimaba ocasión para humillar públicamente a Scioli; el Gobernador sentenciaba la plena armonía entre ellos. De aquellas rencillas tan evidentes como negadas surgió la idea de que Scioli “era de amianto” o que “estaba blindado”, porque siempre se mostraba impertérrito. Cualquier vicisitud negativa que normalmente hubiera perjudicado a un político normal, a Scioli no lo afectaba. Es que “no le entran las balas”, se decía. Y lo más singular: no solo resistía la iracundia Cristina, sino que ésta parecía fortalecerlo. Ya lo decía Niestche: “lo que no mata, fortalece”
El Rey Midas de la política: Si el traje de amianto lo preservaba del mal político; su bonhomía, su espíritu conciliador y sus votos lo convertían en una suerte de “Rey Midas de la política”. Si aquel tenía la facultad de convertir todo en oro, a Scioli le asistía el don de convertir todo en votos!
Lealtad o sumisión: Pero tanto estoicismo tuvo su límite. Muchos se preguntaban: “¿Es Scioli la encarnación de Gandhi, o un cobarde que no se anima a enfrentar a Cristina?”, “¿Romperá con Cristina”, “¿Piensa hacerlo pero está esperando el momento más favorable?”. Mientras que el sentimiento anti K prohijaba marchas contra “Cristina eterna”, esas especulaciones se trocaron en resignación y enojo: “¡Al final, no va a romper nunca!”. Hecho corroborado en 2013, cuando finalmente Scioli y Cristina se pusieron al frente de la campaña de Martín Insaurralde. “Felpudo” fue entonces el epíteto más benigno que le profirieron.
El personaje y la máscara: Un saber de la psicología destaca que los humanos suelen recurrir a una máscara para afianzar una personalidad. No es casual que «personalidad» provenga de «persona», que aludía a la máscara que usaban los actores para representar su rol. Así, cada personalidad resulta una amalgama indisoluble entre ser y representar. Por eso la dimensión de la simulación, aunque tenga mala prensa, resulta casi inevitable. Sin embargo, hay una cuestión de límites: no es lo mismo asumir un rol que hacer de la vida un simulacro. Además, uno de los grandes riesgos de forjar un personaje es terminar confundiéndose con la propia máscara.
El candidato que no debía ser y el presidente que no fue: Después de la reelección de 2011, la dimensión de simulacro entre Cristina y Scioli llegó a límites paroxísticos. Resultaba un secreto a voces que ambos tenían proyectos incompatibles: ¡Scioli quería ser presidente y Cristina aspiraba a ser eterna! Por eso cuando CFK se convenció de que debía ceder el turno lo hizo más como “habilitación condicionada” que como “bendición deseada”. Entonces Scioli actuó lo que su personaje prescribía: montó la escena de campaña con optimismo; simuló una armonía inexistente con “los compañeros” Zannini y Aníbal; y apareció sin Cristina, ¡pero con Karina! Un matrimonio feliz y armonioso, que se aprestaba a ingresar a la Rosada.
Jaqueado por las zancadillas de La Cámpora y el ninguneo de Cristina, Daniel supo surfear entre la fidelidad al kirchnersimo y su real vocación de diferenciarse, amparándose en la ambigua figura del “candidato del cambio dentro de la continuidad”. Es decir, volvió a hacer lo que mejor sabía: simular ser otro. Pero fue insuficiente. Entonces, en una tardía pretensión de asertividad, Daniel prometió ser “Más Scioli que nunca”. Pero era tarde.
La realidad mata al relato: Pero un deportista épico sabe que existe revancha. Por eso se aprestaba ahora a recuperar a Daniel. Tenía ganas y argumentos. Al fin y al cabo, en aquel fallido debate, él había anticipado el ajuste que Mauricio Macri negaba y que —finalmente— terminó haciendo. Sin embargo, algo salió mal. Y de la peor manera.
Sexo, mentiras, TV y WhatsApp: “El principio del fin” fue una historia mediática en tres actos, con final abierto: 1) Infidelidad, 2) Asunción mediática y feliz de la paternidad, 3) Desmentidas y acusaciones lapidarias (infidelidad, mentiras, instigación al aborto, violencia de género, insensibilidad, oportunismo mediático, etc.)
Tentación megalómana y “relato fallido”: Para el imaginario popular, los poderosos elucubran estrategias brillantes fríamente calculadas y “coacheadas” por asesores. El éxito momentáneo alimenta esa creencia. Pero cuando sobreviene el fracaso suele descubrirse que solo había actos caprichosos producto de fantasías megalómanas y/o avaladas por asesores chapuceros. El pecado original del narcisismo megalómano es no tener en cuenta que los otros existen y, por ende, desconocer y subestimar sus pensamientos y sentimientos.
“Ir al programa de Rial, anunciar una feliz paternidad y listo: ¡será un golazo! Pero algo no anduvo: ¡No contaron con Gisele! Ese no es error de estrategia, sino de principiantes. O si se quiere: actos fallidos de megalómanos (coachs incluidos)
La realidad supera a la ficción: Suele decirse que la realidad supera a la ficción. Pergeñar acciones que se vuelven en contra es el colmo del estratega. Una de las ironías del destino ocurre cuando los personajes terminan encerrados en las mismas telarañas que construyeron. En sus momentos de gloria, Daniel Scioli era el candidato querible que a muchas madres les gustaría tener como yerno. Era la antítesis de CFK: si Cristina era la mala, Daniel era el bueno. Por eso le gente le perdonaba lo que a otros no. Por eso, cuando Cristina más atacaba a Scioli, la gente más lo quería.
La “Ley de Fertilización Asistida gratuita” fue una medida del Gobierno de Scioli compatible con la imagen que profesaba, al igual que su declaración “Soy, en lo personal, anti aborto”. A veces, las historias se resignifican por sus finales. El “escándalo Scioli” más que un barullo mediático es la desmentida brutal de un largo relato de imposturas.
El sino de la farándula en el destino de Daniel Scioli: Algunas historias personales terminan teñidas de paradoja. Quizás la vida política de Daniel Scioli no escapa a ese sino: Nació con la farándula, se alimentó de ella y terminó siendo devorado por la misma.
El Rey desnudo y la parábola del poder: La historia de “El rey desnudo” es una de las tantas alegorías sobre la naturaleza del poder y sobre la fascinación que ejerce. En última instancia todo poder descansa sobre un acto de atribución colectiva. Pero cuando los velos caen y los poderosos entran en desgracia, no puede dejar de verse lo que era evidente: el rey está desnudo. Entonces los “Midas del voto”, se convierten en los nuevos “piantavotos” (circula el rumor de que hasta la esposas de los candidatos se niegan a que sus maridos visiten “La Ñata”)
El futuro político de Daniel Scioli: ¿Game over o próximo capítulo?: Circula el rumor de una inminente puesta escena, pero esta vez con final feliz. Los “escépticos crédulos” se regodean sentenciando que eso podría ocurrir porque “billetera compra relato”. Abonados a teorías conspirativas, creen en la vigencia del axioma goebbeliano “Miente, miente que algo quedará”, e imaginan con resignación una puesta en escena feliz capaz de coronar con similar final la cascada de desatinos. Otros escépticos, quizás más realistas, entienden que el asunto no tiene retorno y, por ende, suponen que tarde o temprano Daniel Scioli deberá llamarse a un largo silencio. Por su parte, los cultores cínicos de la máxima grondonista “todo pasa”, avizoran que en pocos días la gente se habrá ya olvidado y entonces “aquí no ha pasado nada”. Más allá de las conjeturas, quizás solo el tiempo y la realidad dirimirán cuál será el destino político de Daniel Scioli. El candidato que no debía ser. El Presidente que no fue. O, voltereta del destino, el yerno que ahora ninguna madre quisiera tener.

Federico González
Director de González y Valladares
Consultores en comunicación política
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Celular: 11- 6631-3421

La polarización: ¿Realidad objetiva, ficción operativa o muletilla verbal? (Versión completa)

Federico González
¿Existe realmente una polarización entre Mauricio Macri y Cristina Kirchner?, ¿O se trata de una sentencia exagerada y prematura cuyo fin es expulsar de la cancha a Sergio Massa y a otros potenciales candidatos?
¿Es la polarización una realidad objetiva derivada de una estrategia electoral inteligente, pergeñada antes por el kirchnerismo y mejorada ahora por el macrismo?, ¿O se trata apenas de un mero malentendido que se repite de modo acrítico, a modo de muletilla lingüística causada por cierta pereza intelectual?
Este artículo tiene por objeto responder a esas preguntas, para lo cual resulta necesario elucidar el significado del término “polarización, en aras de despejar posibles malos entendidos.
Los desvaríos de la polarización
En un paroxismo especulativo basado en el modo en que los analistas políticos utilizan la idea de la polarización, pareciera que la intelligentsia de Cambiamos hubiera prescripto que el Presidente Mauricio Macri, la Gobernadora María Eugenia Vidal y los voceros del Gobierno “salgan a polarizar” con Cristina (o con el kirchnerismo), para así garantizar el triunfo electoral en octubre. Provista de una especie de “polarizómetro (extraño “artilugio encuestológico” que mediría el estado de polarización minuto a minuto) aquella inteligencia determinaría entonces cuántos “decibeles polarizantes” habría que aplicar para asegurar el objetivo. A su vez, analistas vernáculos expertos en disfrazar lo obvio con jergas pseudo-inteligentes, saldrían a repetir por la cadena mediática nacional que la estrategia de la polarización es un éxito absoluto del Gobierno. Mientras, en clave pasional, conspicuos integrantes de un “círculo rojo” que siente un visceral horror hacia “la barbarie peronista” en cualquiera de sus variantes, asistirían a ese espectáculo para alentar al “Equipo de Cambiemos”, sustituyendo clásicos cánticos futboleros (“¡Y Pegué, y pegue Macri pegue!”) por otros más PRO: “¡Polarice Mauricio, polarice!”
¿Qué es realmente la polarización?
Una sentencia clásica prescribe que todo lo que existe, existe en alguna medida. Al recurrir a un diccionario de ciencia política surge que el término polarización refiere a “situaciones en que las opiniones divergen hacia polos de igual distribución o intensidad” y, también, al “proceso por el cual la opinión pública se divide en dos extremos opuestos”
El problema es que esta definición teórica deja indeterminada su operacionalización. Así, la ausencia de aquel “polarizómetro” que determinaría con precisión cuándo se está ante el fenómeno, obliga a una apreciación de sentido común: la polarización debería reservarse a situaciones en que dos partidos o candidatos se reparten parejamente al menos un 80% del
electorado. (Las elecciones de USA serían un ejemplo paradigmático: Trump y Hillary se alzaron con el 95% del voto popular)
Sin embargo, el término comenzó a utilizarse prematuramente pretendiendo avalarse con ciertas encuestas que, en Provincia de Buenos Aires, otorgaban alrededor de un 30% al CristiKirhneristmo, cerca de un 25% a Cambiemos y similares guarismos al Frente Renovador!
Si se considera también que contemporáneamente a tales mediciones circularon otras que otorgaban un 30% al Frente Renovador, similar guarismo al CristiKirhneristmo y un 25% a “Lilita” Carrió; sin duda, algo parece andar mal en el mundo del análisis político.
¿Polarización electoral ó polarización ideológica?
Quizás la esencia del malentendido sea apenas producto de utilizar expresiones ambiguas. Acaso quienes hace uso y abuso del término confunden alternativamente entre polarización electoral y polarización ideológica. La primera referiría a una fragmentación bipolar de la intención de voto, mientras que la segunda apuntaría lisa y llanamente a la tan mentada “grieta ideológica”. En efecto, la “grieta” alude mejor a la existencia de dos cosmovisiones políticas tan intensas y opuestas que, por ende, resultan irreconciliables (v.g. las clásicas antinomias entre unitarios y federales, peronismo y antiperonismo, etc.).
Ciertamente, las dimensiones electoral e ideológica de la polarización están relacionadas. Pero eso no significa que las intensidades pasionales de la grieta tengan una contrapartida proporcional a nivel electoral. En síntesis: el hecho de que macristas y kirchneristas disputen como perros y gatos, no significa que sean los ejemplares excluyentes de una fauna más vasta.
¿Polarización actual ó polarización potencial?
Otra posible fuente de malentendidos radica en la confusión entre la potencia y el acto. Evidentemente resulta muy distinto aseverar la existencia actual de una polarización, que apenas señalar una tendencia. Lo primero es una sentencia taxativa de algo ya existente y en acto; mientras que lo segundo es una predicción conjetural probablemente basada en cierto patrón de hechos observados (v.g. la supuesta evolución de la intención de voto)
¿Polarización real ó polarización ilusoria?
La distinción entre polarización en acto y mera tendencia acaso encubra una disyuntiva más sutil: la realidad y el deseo. Quizás la confusión entre tendencia incipiente y realidad consumada revela que el deseo de que exista polarización termina distorsionando la percepción de la realidad objetiva para generar una ilusión polarizadora. Se trataría entonces de una polarización ficcional, antes que una auténtica y real.
¿Polarización real ó polarización intencional?
Otra posibilidad es que esa ficción polarizadora no sea ni un malentendido interpretativo ni una mera expresión de deseos, sino del producto de una intencionalidad política extendida, donde algunos analistas de opinión actuarían solidariamente como voceros mediáticos de distintas estrategias políticas partidarias. Si tal fuera el caso, no basta analizar la dimensión semántica de la polarización, sino revelar su pragmática. Porque el uso hiperbólico e impropio del término genera la prescripción de que solo existe una disyuntiva inexorable: “Macrismo o Kirchnerisno; terceros afuera”
¿Polarización precisa ó polarización metáforica?
Otra posibilidad interpretativa es que el término “polarización” no pretenda utilizarse de modo literal sino como expresión metafórica referida a un fenómeno análogo. En tal caso el término no se utilizaría con el ánimo de decir que el electorado estaría auténticamente polarizado (i.e. repartiendo alrededor del 80% en porciones similares) sino, simplemente, para aludir a que solo dos agrupaciones políticas tienen chances ciertas de ganar (que, por ejemplo, hasta podrían ser de 30% y 30%, mientras que el 40% restante se atomiza entre varios partidos)
El problema es que si —efectivamente— eso es lo que quiere decirse, el término “polarización” resulta claramente distorsivo, tendencioso y, por ende, capaz de traducirse en profecía auto-cumplida.
¿Polarización reflexiva ó “polarización-muletilla”?
Sin embargo, tal vez resulte más prudente atemperar las visiones conspirativas en aras de interpretaciones más simples. En efecto, bien podría resultar que parte de los malentendidos y desvaríos que se han analizado obedecen a razones más pedestres: quizás hablar de polarización sea apenas un hábito mental que se repite acríticamente y sin reflexionar sobre su cabal significado.
A modo de síntesis: ¿Polarización sustantiva ó jergafasia confusa?
El diccionario define que “Jergafasia” es un “trastorno del lenguaje que se caracteriza por la sustitución de las palabras adecuadas por términos ininteligibles.”
En titulares de los últimos días pueden leerses expresiones como: “Macri continúa polarizando con el kirchnerismo”, “Vidal polarizó fuerte con los gremios docentes”, “El gobierno salió a polarizar contra Cristina”, “Desde el Pro le sacan jugo a la polarización”, “Consolidada la polarización, en el kirchnerismo buscan un delfín de Cristina”, etc.
Ante semejante elocuencia verbal, resulta lícito preguntarse: ¿Qué quiere exactamente decirse?, ¿No existen expresiones más apropiadas para referirse a lo mismo?
Por cierto, podría decirse que “Macri continúa polemizando con el kirchnerismo” (o que “radicalizó su discurso antiKirchnerista”); “Vidal se mostró intransigente con los gremios, a quienes acusó de kirchneristas”; “Desde el Pro apuestan a confrontar contra el Kirchnerismo, a efectos de lograr una polarización beneficiosa en octubre” o que “Consolidada su disputa ideológica con Cambiemos, el kirchnersimo busca un delfín de Cristina”
Sin embargo, por alguna razón, pareciera que hablar de polarización resultara más simple, breve, claro, contundente, moderno e inteligente. Acaso tanto como complicado, ambiguo, sesgado, engañoso, desatinado y falaz.
En síntesis, si lo que desea expresarse a través del concepto de polarización y su jerga asociada es que: “El Gobierno apunta a confrontar con el Kirchnerismo, pensando que así consolidaría su posicionamiento electoral en contraposición al gobierno anterior y —en consecuencia— esperando lograr una polarización electoral beneficiosa en octubre” (en la medida en que una vasta porción del electorado jamás votaría al kirchnersimo y, por ende, ante una eventual disyuntiva terminaría eligiendo a Cambiemos), entonces se comprendería cabalmente qué se quiere decir cuándo se habla de polarización.
El problema es que, tal como se ha analizado, cuando se habla de polarización se termina diciendo otra cosa.
Conclusión:
A modo de conclusión del este análisis de la polarización 2017, transcribo lo que sostuve en agosto de 2015 (año en que la declamada polarización solo apareció en el ballotage presidencial de noviembre)
“Ciertamente, la tan mentada polarización podría, finalmente, transformarse en un hecho político irreversible. Aunque también los resultados de las PASO podrían, al fin, indicar que la polarización no era más que un mito orientado a expulsar antes de tiempo a otros candidatos. Pero, más allá de cuál sea el resultado real, eso no quita que haber decretado una polarización anticipada en base a pruebas insuficientes, resulta un hecho caprichoso y, si no abusivo, cuando menos tendencioso”.

Federico González
Director de González y Valladares
Twitter: @fede1234 Blog: http://gonzalez-valladares.blogspot.com.ar/
Celular: 11- 6631-3421
Se autoriza la reproducción total o parcial del contenido de este artículo con el único requisito de citar la fuente. También pueden solicitarnos versiones resumidas.

La polarización: ¿Realidad objetiva, ficción operativa o muletilla verbal? (Versión resumida)

Federico González

¿Existe realmente una polarización entre Mauricio Macri y Cristina Kirchner?, ¿O se trata de una sentencia exagerada para expulsar a otros candidatos?
¿Es la polarización una realidad objetiva producto de una estrategia inteligente?, ¿O apenas un malentendido repetido de modo acrítico?
El entramado polarizante
En términos especulativos, pareciera que la intelligentsia de Cambiamos hubiera prescripto que Mauricio Macri, María Eugenia Vidal y otros voceros del Gobierno “salgan a polarizar” con Cristina, para garantizar el triunfo electoral en octubre. Provista de una especie de “polarizómetro, esa inteligencia determinaría cuántos “decibeles polarizantes” habría que aplicar para asegurar el objetivo. Luego, algunos analistas convalidarían en los medios que la estrategia de la polarización es un éxito para el Gobierno.
¿Qué es realmente la polarización?
En el diccionario político “polarización” refiere a “situaciones donde las opiniones divergen hacia polos de igual distribución o intensidad”. También, al “proceso por el cual la opinión pública se divide en dos extremos opuestos”
Pero esa definición teórica deja indeterminada su operacionalización. Así, la ausencia de aquel “polarizómetro”, obliga a una apreciación de sentido común: la polarización debería reservarse a situaciones en que dos candidatos se reparten parejamente al menos un 80% del electorado.
Sin embargo, el término comenzó a utilizarse prematuramente pretendiendo avalarse con encuestas cuyos resultados distan ostensiblemente de ese patrón.
¿Polarización electoral ó ideológica?
Quizás la esencia del malentendido derive de utilizar expresiones ambiguas. Acaso quienes usan y abusan del término confunden polarización electoral con polarización ideológica. La primera referiría a una fragmentación bipolar de la intención de voto; la segunda apuntaría a la mentada “grieta”. En efecto, ésta alude mejor a la existencia de dos cosmovisiones políticas tan intensas y opuestas que resultan irreconciliables (antinomias como unitarios y federales, etc.)
Aunque ambas dimensiones estén relacionadas, eso no significa que las pasiones de la grieta tengan una réplica electoral. El hecho de que macristas y kirchneristas disputen como perros y gatos, no niega la existencia de otros ejemplares dentro de una fauna más vasta.
¿Polarización actual ó potencial?
Otra fuente de malentendidos radica en la confusión entre potencia y acto. Aseverar la existencia de polarización es distinto que señalar una tendencia. Lo primero es una sentencia taxativa de algo ya manifiesto; lo segundo es apenas una predicción conjetural.
¿Polarización real ó ilusoria?
La confusión entre acto y tendencia encubre otra más sutil: el deseo y la realidad. Ésta revela que el deseo de que haya polarización termina distorsionando las percepciones y generando una ilusión polarizadora. Se trataría entonces de una polarización ficcional, antes que auténtica o real.
¿Polarización real ó intencional?
Otra posibilidad es que esa ficción polarizadora no sea un malentendido ni una expresión de deseos, sino el producto de una intencionalidad política. No basta entonces analizar la dimensión semántica de la polarización, sino revelar su pragmática. Así, el uso hiperbólico e impropio del término termina generando la prescripción falaz de que solo existe una única disyuntiva inexorable: “Macrismo o Kirchnerisno”
¿Polarización precisa ó metáforica?
Otra posibilidad es que “polarización” no pretenda utilizarse de modo literal sino metafórico. Entonces no se utilizaría para indicar que el electorado esta auténticamente polarizado, sino para aludir a que solo dos agrupaciones políticas tendrían chances de ganar.
Pero si eso es lo que quiere decirse, el término “polarización” resulta claramente distorsivo, tendencioso y pasible de traducirse en profecía auto-cumplida.
¿Polarización reflexiva ó muletilla verbal”?
Tal vez resulte más prudente sustituir las visiones conspirativas por interpretaciones más simples. En efecto, bien podría resultar que parte de las confusiones analizadas obedezcan a razones pedestres: hablar de polarización acaso sea un hábito mental que se repite acríticamente sin reflexionar sobre su significado.
¿Polarización sustantiva ó jergafasia confusa?
Según el diccionario la “Jergafasia” es un “trastorno del lenguaje que se caracteriza por la sustitución de las palabras adecuadas por términos ininteligibles.”
En titulares recientes puede leerse: “Macri continúa polarizando con el kirchnerismo”, “Vidal polarizó con los gremios docentes”, “El gobierno salió a polarizar contra Cristina”, “Desde el Pro le sacan jugo a la polarización”, etc.
Ante semejante elocuencia resulta lícito preguntarse: ¿Qué quiere decirse exactamente?, ¿No existen expresiones más apropiadas para referirse a lo mismo?
Por cierto, podría decirse que “Macri radicalizó su discurso antiKirchnerista”; “Vidal se mostró intransigente con los gremios, a los que acusó de kirchneristas”, o que “Desde el Pro endurecen la confrontación con el Kirchnerismo, para lograr una polarización en octubre”
Sin embargo pareciera que hablar de polarización resultara más simple, breve, claro, contundente, moderno e inteligente. Acaso tanto como complicado, ambiguo, sesgado, engañoso, desatinado y falaz.
En síntesis, si polarización pretende significar que: “El Gobierno confronta con el Kirchnerismo pensando consolidar un posicionamiento diferencial que le permitirá lograr una polarización electoral beneficiosa en octubre”; entonces se comprendería cabalmente qué es lo que quiere decirse.
El problema es que, tal como se ha analizado, cuando se habla de polarización se termina diciendo otra cosa.
Conclusión:
Transcribo lo que sostuve en agosto de 2015 (cuando la declamada polarización solo apareció en el ballotage presidencial)
“Ciertamente, la tan mentada polarización podría, finalmente, transformarse en un hecho político irreversible. Aunque también los resultados de las PASO podrían, al fin, indicar que no era más que un mito orientado a expulsar antes de tiempo a otros candidatos. Pero, más allá de cuál sea el resultado real, eso no quita que haber decretado una polarización anticipada en base a pruebas insuficientes, resulta un hecho caprichoso y tendencioso.”

Federico González
Director de González y Valladares
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