El país que insiste: anatomía contemporánea de la estupidez política
Federico González
En una reciente reunión organizada por nuestro amigo Young,
Roberto Pereyra Pigerl, otro amigo, hizo referencia a un libro clásico que
trata sobre la estupidez humana. Me permití recordar que existen dos obras con
títulos similares, de autores distintos. Pero me quedé pensando. No en los
libros —eso es bibliografía— sino en lo que diagnostican. En por qué Argentina
los necesita más que una biblioteca completa de teoría económica.
En Historia de la estupidez humana (1959), Paul
Tabori no se burla de nadie. Simplemente observa. Con ironía triste y paciencia
de archivista recorre guerras, imperios, iglesias, élites ilustradas. La conclusión
es brutal: la estupidez no nace de la ignorancia. Nace de la inteligencia
desconectada de la autocrítica. De la convicción que se vuelve impermeable a la
experiencia. De la inteligencia que dejó de escuchar.
Por su parte, en Las leyes fundamentales de la estupidez
humana (1976), Carlo M. Cipolla afila el diagnóstico hasta volverlo casi
matemático. Define al estúpido con precisión quirúrgica: es aquel que perjudica
a otros sin beneficiarse a sí mismo, incluso dañándose. Y subraya el error más
persistente de las sociedades civilizadas: subestimar el número de estúpidos y
su poder destructivo.
En suma, dos miradas distintas para una misma verdad
incómoda: la estupidez no es un accidente estadístico. Es una fuerza histórica.
La estupidez como decisión
Digámoslo sin vueltas: la estupidez no es falta de
inteligencia. Es inteligencia sin freno, sin espejo, sin duda. Es la decisión
que fracasa en la práctica, pero triunfa en el relato. La idea que se defiende
con épica cuando debería revisarse con lápiz rojo. Es el argumento que se
repite más fuerte cuando deja de convencer.
En política, esta forma de estupidez es letal porque no
aprende. El corrupto puede negociar cuando aprietan las circunstancias. El
ideólogo podría acaso dudar cuando la realidad lo golpea. El fanático puede
cansarse. Pero el estúpido, en cambio, insiste. Insiste porque confunde
coherencia con rigidez, porque vive la corrección como humillación personal,
porque admitir el error implicaría perder identidad, tribu, pertenencia.
Así, el error deja de ser un hecho corregible y se
transforma en bandera. Y cuando el error es bandera, la política ya no gobierna
la realidad: se pelea con ella. Y siempre pierde, claro. Pero nos lleva
puestos.
El vicio nacional
Argentina no padece por falta de talento. Existen mentes
brillantes, proyectos audaces, diagnósticos certeros. Lo que nos mata es otra
cosa: una propensión cíclica, casi viciosa, a enamorarnos de explicaciones
simples para problemas complejos. O, quizás peor, de complejizar lo simple con
entelequias tan inconsistentes como inconducentes. A convertir medidas
provisorias en dogmas eternos. A justificar el daño presente con una promesa
futura que siempre —siempre— se corre un poco más allá, como el horizonte.
La estupidez política no siempre grita. A veces habla en
tono técnico, con gráficos, con PowerPoints. A veces se disfraza de imperativo
moral, de lucha épica contra enemigos invisibles. A veces se maquilla de
eficiencia gerencial, de sentido común. Pero deja una huella digital inequívoca:
no se deja corregir por la realidad.
Cuando la evidencia contradice la creencia, se descalifica a
la evidencia. Cuando los datos incomodan, se cuestiona su origen o se
relativiza su peso. Cuando la realidad no coopera con el diagnóstico, se la acusa
de conspirar y/o se inventa una cofradía conspiradora. Cuando la vida cotidiana
no acompaña el relato oficial, se culpa a la gente por no entender, por no
esperar lo suficiente, por no creer con suficiente fervor.
La división que importa
Por eso la división decisiva del presente no es izquierda
versus derecha, Estado versus mercado, ajuste versus gasto. La grieta real —la
única que define trayectorias— separa a quienes revisan de quienes insisten.
Gobernar no es tener razón desde el primer día. Gobernar es
equivocarse rápido y corregir antes de que el error se convierta en estructura.
No hay liderazgo sin humildad cognitiva, ni desarrollo posible sin aprendizaje
institucional. Un Estado que no aprende se embrutece. Una economía que ignora
la psicología colectiva se desordena. Una política que confunde firmeza con
cerrazón se queda sin futuro, aunque tenga pasado glorioso para recordar en las
sobremesas.
El desarrollismo inteligente
Llamémoslo desarrollismo inteligente, si hace falta ponerle
nombre. No es una tanto una ideología nueva como un método de pensamiento.
Políticas concebidas como hipótesis y no como revelaciones divinas. Evaluación
constante, sin miedo al dato incómodo. Capacidad explícita de rectificación,
anunciada sin vergüenza. Incorporación sistemática de expectativas, confianza y
fatiga social —que son tan reales como la tasa de interés—. Educación orientada
a pensar, no a repetir consignas. Liderazgo medido menos por la firmeza del
discurso que por la velocidad de la corrección.
No es épica vacía. Es método. No promete milagros en 90
días. Promete algo mejor: aprender más rápido que los errores. Porque el que
aprende más rápido que se equivoca, eventualmente gana.
Lo imperdonable
La estupidez es inevitable. Forma parte del equipamiento básico
de la condición humana. Lo imperdonable es institucionalizarla. Consagrarla en
leyes, discursos, estructuras burocráticas. Hacer de ella un sistema.
Un país no se desarrolla gritando certezas con el pecho
inflado. Se desarrolla construyendo sistemas que se dejan corregir por la
realidad sin que nadie tenga que pedir permiso o renunciar. Y en tiempos de
convicciones ruidosas y relatos blindados como tanques, esa puede ser la forma
más audaz —y más urgente— de inteligencia política.
Porque al final, la pregunta no es si vamos a equivocarnos.
La pregunta es: ¿cuánto tiempo vamos a tardar en darnos cuenta? ¿Y cuánto daño
vamos a hacer mientras insistimos?