jueves, 8 de enero de 2026

El país que insiste: anatomía contemporánea de la estupidez política


El país que insiste: anatomía contemporánea de la estupidez política

Federico González

En una reciente reunión organizada por nuestro amigo Young, Roberto Pereyra Pigerl, otro amigo, hizo referencia a un libro clásico que trata sobre la estupidez humana. Me permití recordar que existen dos obras con títulos similares, de autores distintos. Pero me quedé pensando. No en los libros —eso es bibliografía— sino en lo que diagnostican. En por qué Argentina los necesita más que una biblioteca completa de teoría económica.

En Historia de la estupidez humana (1959), Paul Tabori no se burla de nadie. Simplemente observa. Con ironía triste y paciencia de archivista recorre guerras, imperios, iglesias, élites ilustradas. La conclusión es brutal: la estupidez no nace de la ignorancia. Nace de la inteligencia desconectada de la autocrítica. De la convicción que se vuelve impermeable a la experiencia. De la inteligencia que dejó de escuchar.

Por su parte, en Las leyes fundamentales de la estupidez humana (1976), Carlo M. Cipolla afila el diagnóstico hasta volverlo casi matemático. Define al estúpido con precisión quirúrgica: es aquel que perjudica a otros sin beneficiarse a sí mismo, incluso dañándose. Y subraya el error más persistente de las sociedades civilizadas: subestimar el número de estúpidos y su poder destructivo.

En suma, dos miradas distintas para una misma verdad incómoda: la estupidez no es un accidente estadístico. Es una fuerza histórica.

La estupidez como decisión

Digámoslo sin vueltas: la estupidez no es falta de inteligencia. Es inteligencia sin freno, sin espejo, sin duda. Es la decisión que fracasa en la práctica, pero triunfa en el relato. La idea que se defiende con épica cuando debería revisarse con lápiz rojo. Es el argumento que se repite más fuerte cuando deja de convencer.

En política, esta forma de estupidez es letal porque no aprende. El corrupto puede negociar cuando aprietan las circunstancias. El ideólogo podría acaso dudar cuando la realidad lo golpea. El fanático puede cansarse. Pero el estúpido, en cambio, insiste. Insiste porque confunde coherencia con rigidez, porque vive la corrección como humillación personal, porque admitir el error implicaría perder identidad, tribu, pertenencia.

Así, el error deja de ser un hecho corregible y se transforma en bandera. Y cuando el error es bandera, la política ya no gobierna la realidad: se pelea con ella. Y siempre pierde, claro. Pero nos lleva puestos.

El vicio nacional

Argentina no padece por falta de talento. Existen mentes brillantes, proyectos audaces, diagnósticos certeros. Lo que nos mata es otra cosa: una propensión cíclica, casi viciosa, a enamorarnos de explicaciones simples para problemas complejos. O, quizás peor, de complejizar lo simple con entelequias tan inconsistentes como inconducentes. A convertir medidas provisorias en dogmas eternos. A justificar el daño presente con una promesa futura que siempre —siempre— se corre un poco más allá, como el horizonte.

La estupidez política no siempre grita. A veces habla en tono técnico, con gráficos, con PowerPoints. A veces se disfraza de imperativo moral, de lucha épica contra enemigos invisibles. A veces se maquilla de eficiencia gerencial, de sentido común. Pero deja una huella digital inequívoca: no se deja corregir por la realidad.

Cuando la evidencia contradice la creencia, se descalifica a la evidencia. Cuando los datos incomodan, se cuestiona su origen o se relativiza su peso. Cuando la realidad no coopera con el diagnóstico, se la acusa de conspirar y/o se inventa una cofradía conspiradora. Cuando la vida cotidiana no acompaña el relato oficial, se culpa a la gente por no entender, por no esperar lo suficiente, por no creer con suficiente fervor.

La división que importa

Por eso la división decisiva del presente no es izquierda versus derecha, Estado versus mercado, ajuste versus gasto. La grieta real —la única que define trayectorias— separa a quienes revisan de quienes insisten.

Gobernar no es tener razón desde el primer día. Gobernar es equivocarse rápido y corregir antes de que el error se convierta en estructura. No hay liderazgo sin humildad cognitiva, ni desarrollo posible sin aprendizaje institucional. Un Estado que no aprende se embrutece. Una economía que ignora la psicología colectiva se desordena. Una política que confunde firmeza con cerrazón se queda sin futuro, aunque tenga pasado glorioso para recordar en las sobremesas.

El desarrollismo inteligente

Llamémoslo desarrollismo inteligente, si hace falta ponerle nombre. No es una tanto una ideología nueva como un método de pensamiento. Políticas concebidas como hipótesis y no como revelaciones divinas. Evaluación constante, sin miedo al dato incómodo. Capacidad explícita de rectificación, anunciada sin vergüenza. Incorporación sistemática de expectativas, confianza y fatiga social —que son tan reales como la tasa de interés—. Educación orientada a pensar, no a repetir consignas. Liderazgo medido menos por la firmeza del discurso que por la velocidad de la corrección.

No es épica vacía. Es método. No promete milagros en 90 días. Promete algo mejor: aprender más rápido que los errores. Porque el que aprende más rápido que se equivoca, eventualmente gana.

Lo imperdonable

La estupidez es inevitable. Forma parte del equipamiento básico de la condición humana. Lo imperdonable es institucionalizarla. Consagrarla en leyes, discursos, estructuras burocráticas. Hacer de ella un sistema.

Un país no se desarrolla gritando certezas con el pecho inflado. Se desarrolla construyendo sistemas que se dejan corregir por la realidad sin que nadie tenga que pedir permiso o renunciar. Y en tiempos de convicciones ruidosas y relatos blindados como tanques, esa puede ser la forma más audaz —y más urgente— de inteligencia política.

Porque al final, la pregunta no es si vamos a equivocarnos. La pregunta es: ¿cuánto tiempo vamos a tardar en darnos cuenta? ¿Y cuánto daño vamos a hacer mientras insistimos?